08 noviembre 2012

Todos los caminos nos llevan a ROMA.


Cariño, adoración, dependencia, admiración, necesidad, costumbre, afecto, apego, ternura, afición, pasión, predilección, querer… todas estas palabras se reducen a una sola… AMOR.

A todos los seres humanos nos llega un momento en la vida en el que sin darnos cuenta como, ni por qué razón arribamos al lugar al que todos estamos destinados a llegar.

Un día conoces a alguien, es indiferente para ti, comparten cosas, lo percibes, te das cuenta que tienen muchas cosas en común, charlan profundamente, se ríen, confías en él, juegan, y entonces, comienzas a verlo de otra manera, casi sin darte cuenta, pero consciente de lo que haces (tal vez con ganas de hacerlo), lo sientes, lo extrañas, te hierve la sangre de pensar que puede ver otras personas, lo quieres, te enamoras.

Descubres que ese alguien siente lo mismo, sus conversaciones cambian de sentido, sabes que nunca más su relación volverá a ser la misma, caminan juntos, sus manos se unen y sus corazones se vuelven uno.

Estás en la mitad del camino, mismo que no recorrerás solo, tal vez nunca más, o tal vez solamente por un periodo, a estas alturas probablemente aparecerán senderos nuevos y atajos para llegar a nuestro destino, los besos, los abrazos, las caricias; pero también habrá callejones sin salida, que de caer en ellos, será difícil el regreso, más no imposible, las peleas, los gritos, los enojos, los celos (benditos/malditos celos).

Y entonces, sin darte cuenta como, en que momento, ni por qué, llegas a Roma, que leído así pierde el sentido. Y tú, querido mío, eres el único camino que me conduce ahí.

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