Y en esta
hora tan obscura y en medio de la soledad demoníaca que me aqueja,
quiero hacer un brindis:
Brindemos,
querido. Brindemos porque jamás sabrás cuántas veces te extraño en cada bocanada
de mi cigarro, porque ni todo el alcohol del mundo me ayudará para ahogarte en
él.
Brindemos por todas aquellas noches en las que tu
alma acompañó unas cien mil horas mías, por todas aquellas noches que pasamos
sin estar, por todos aquellos “te amo” que nos dijimos sin mirar, por todas
esas veces que nos sentimos sin hablar.
Brindemos por un amor atemporal, que fue capaz de
transformarlo todo. Por un amor que traspasó fronteras, descuartizó tiempos,
desmembró barreras. Un amor tan fuerte que rompió más de un corazón.
Brindemos, mi amor. Por todos esos años que nunca
tuvimos juntos. Esos años que dejamos escapar por miedo a ambos, a lo nuestro,
a sufrir.
Brindemos
por tantas veces que fundimos en un horizonte al cielo y al mar en compases
sicalípticos, rítmicos y perfectos. Por todas esas veces que sin ningún pudor
me hiciste tuya e incluso por esa vez que, con un poco de miedo, nos hicimos
nuestros.
Brindemos, corazón. Brindemos por cada una de esas
peleas que cumplían con un propósito que nadie nunca creyó capaz: acercarnos
(un poco, poquito) más. Por tus palabras hirientes que (a veces) me encantaban,
por mis acciones distantes que tanto te gustaban.
Brindemos hoy, amor de mi vida, porque esto ha terminado
y entonces, todos los demás nos servirán tan solo para olvidar(nos).
No hay comentarios:
Publicar un comentario